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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Novecento - Bernardo Bertolucci (1976)


TITULO ORIGINAL Novecento (1900)
AÑO 1976
IDIOMA Italiano
SUBTITULOS Español (Separados)
DURACION 314 min.
DIRECCION Bernardo Bertolucci
GUION Franco Arcalli, Giuseppe Bertolucci, Bernardo Bertolucci
MUSICA Ennio Morricone
FOTOGRAFIA Vittorio Storaro
PREMIOS 
1976: Bodil Awards (Dinamarca): Mejor Película Europea
1976: Sindicato Italiano de Periodistas de Cine: Nominadas Actrices Sec. (Valli & Betti)
1976: Premios Sant Jordi: Mejor Interpretación en Película Extranjera (Robert de Niro)
REPARTO Gérard Depardieu, Robert De Niro, Dominique Sanda, Stefania Sandrelli, Donald Sutherland, Burt Lancaster, Sterling Hayden, Francesca Bertini, Laura Betti, Werner Bruhns, Stefania Casini, Anna Henkel, Ellen Schwiers, Alida Valli, Romolo Valli
GENERO Drama | Amistad. Histórico. Años 1900 (circa). Años 1910-1919. Años 20. Años 30. Años 40

SINOPSIS En el año 1901, en una finca del norte de Italia, nacen el mismo día el hijo de un terrateniente y el hijo de un bracero que serán amigos inseparables, aunque su relación se verá nublada por sus diferentes actitudes frente al fascismo. Drama que hace un complejo recorrido político y social por la Italia del siglo XX. (FILMAFFINITY)

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Atto 1
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Atto 2
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Que hayan pasado nada menos que 37 años desde su filmación y que la película de Bertolucci, una de sus obras cumbres, no sólo no haya envejecido sino que no ha perdido un ápice de su poder narrativo, estético e ideológico sólo quiere decir una cosa, que Novecento, una película épica que explica las luchas sociales convulsas de Italia a través del pequeño microcosmos de una hacienda rural de la región de Emilia, entra a formar parte de ese rara élite de los clásicos del cine, ajena a las modas, las tecnologías y al paso del tiempo.
Rodada cuatro años después de El último tango en París, otra de sus indiscutibles obras maestras, Bertolucci regresa con este declarado y esquemático panfleto marxista a favor de la lucha de clases, en el que el maniqueísmo queda subrayado por el propio director hasta el punto de convertirlo en virtud fílmica, al cine de sus orígenes, a la radicalidad de sus primeras películas como La commare secca o Prima della rivoluzione, marcadas por su militancia comunista, su relación con Pier Paolo Pasolini y el gusto por un cierto naturalismo —los campesinos de Emilia, que parecen sacados de cualquier película del director de Teorema, por su físico tosco y primario; la presencia telúrica en el film de los elementos tierra, mierda, leche, amalgamados—. Pero Novecento es también una fábula didáctiva, que tanto vale para un iletrado —los campesinos de la película que terminan teniendo protagonismo en ella—como para una intelectual, sobre el poso revolucionario enquistado en las clases oprimidas, en este caso los campesinos de Emilia, vejados por los terratenientes—Cuando la cosecha es doble, no nos da paga doble, dice un campesino al amo cuando éste les anuncia que una granizada ha desbaratado la cosecha y les pagará menos—, caprichosamente comprados y vendidos con las acémilas, asesinados por los fascistas y la policía, y es en ese punto que Novecento debe mucho al concepto cinematográfico e ideológico de cine revolucionario del maestro soviético Serguei M. Eisenstein— las cargas de la policía contra los campesinos podían muy bien haber sido rodados por el realizador de El acorazado Potemkin, tienen su aura —que tuvo que tener muy presente Bertolucci mientras rodaba esta obra épica.
Gerard Depardieu y Robert de Niro en Novecento (1976).
A través de dos personajes prototípicos, el campesino Olmo Dalcó (Gerard Depardieu), cuya mujer es una honesta maestra comunista (Stefanía Sandrelli) que muere en el parto de su hija, y el terrateniente Alfredo Berlingheri (Robert de Niro), casado infelizmente con la burguesa y excéntrica Ada Fiastri (Dominique Sanda), tomados en su infancia, madurez y vejez, en su epílogo, y sin salir de ese marco teatral que es el gran escenario de la finca agrícola, Bertolucci resume un siglo convulso de la historia de su país y escenifica la vigencia de la lucha de clases en el continuo enfrentamiento entre sus protagonistas que, no por su alejamiento ideológico, dejan de ser amigos, como lo fueron sus dos respectivos abuelos, al bracero Leo Dalcó (Sterling Hayden) y el terrateniente fundador de la dinastía Alfredo Berlingheri (Burt Lancanter), con todas las consecuencias y desencuentros.
Rica en detalles, Novecento es también la historia de una fuerte amistad entre esos dos niños que nacen el mismo día, se hacen hombres al unísono y devienen, en su epílogo, ancianos, de lo que les une —la tierna prostituta epiléptica Neve (Stephanie Casini), que comparten en una tarde en la ciudad; las veces que Olmo va a la hacienda en donde Ada instruye a su hija, o Alfredo frecuenta la modesta vivienda de su amigo buscando un calor de hogar que no tiene en su casa; las rememoraciones de la infancia, cuando Alfredo observaba cómo Olmo niño pescaba las ranas que luego debía comer, entre vómitos, en la mesa de su hacienda; la tierra que el uno trabaja y el otro tiene—, o los separa — Alfredo es incapaz detener la brutal paliza que los camisas negras, capitaneados por Attila, propinan a Olmo cuando le acusan del asesinato del niño; las sospechas que Alfredo tiene de que Ada se entienda con su amigo.
Novecento, de Bernardo Bertolucci (1976)
Así como Eisenstein personificó el mal absoluto en Alexander Nevsky en los caballeros teutones, Bertolucci hace recaer ese rol en el fascista Attila Melanchini (un enloquecido e histriónico Donald Shuterland), el camisa negra violento, un pervertido que mata niños y gatos y tiene una relación sexual enfermiza con Regina, la prima de Alfredo, interpretada por una Laura Betti que hace odioso su personaje; Attila es el contrapunto preciso a la honestidad revolucionaria de Olmo y a la ambigüedad burguesa de su amo Alfredo a quien el bravucón fascista sirve.
Tiene mucho Novecento de tragedia griega, en donde se escenifican todas las pasiones, bajezas y virtudes del género humano, que se concentran en los terratenientes, claro, y los personajes parecen predestinados por sus respectivos roles sociales, sin que falte en la función el coro, imprescindible en el teatro clásico, papel que encarna el grupo de campesinos anónimos, el tercer personaje de la película, que alienta a los protagonistas.
Conviven en Novecento, dos realizadores contrapuestos del cine italiano, o dos formas de hacer cine, que se complementan: la estética tercermundista de Pier Paolo Pasolini, que da visibilidad a lo pobre y lo feo, siempre dignificándolo, en esas descripciones antropológicas del día a día de un campesinado carente de todo, al que hasta encierran en un redil con llave (la matanza del cerdo; la siega; el relax en los pajares; el ordeño de las vacas con una lectura sexual; las comidas en comunidad, etc.), con la exquisitez decadente digna del príncipe rojo Luchino Visconti en la descripción de los ambientes burgueses y aristocráticos que giran en torno a Alfredo Berlingheri, la excéntrica y exquisita Ada, el tío fotógrafo y homosexual refinado y todos los que les rodean.
Donald Sutherland, Gerard Depardieu y Robert de Niro en Novecento (1976).
A tantos años vista, este fresco grandioso como una ópera de Verdi, de más de cinco horas de duración, fotografiado por Vittorio Storaro con su maestría habitual que hace de cada fotograma un cuadro luminoso —la hija de Olmo narrando, desde lo alto de un carro de heno, la persecución de los derrotados fascistas —o tenebroso—Attila y los suyos asesinando a los campesinos en la fosa inundada mientras diluvia a mares—, y musicado por el genial Ennio Morricone, es bastante más que una apología de la ideología comunista (banderas rojas, canciones, soflamas revolucionarias incendiarias sobre la metástasis que supone la propiedad de la tierra…), que es algo obvio y buscado por Bertolucci, quizá deseoso de vengarse de la persecución inquisitorial que sufrió por El último tango en París; Novecento es una obra maestra del séptimo arte, uno de sus monumentos, y da cuenta del vigor narrativo de este cineasta universal que aún ha seguido realizando después películas tan notables como El cielo protector, Asediada, Belleza robada o Soñadores y acaba de estrenar, impedido en una silla de ruedas, Tú y yo.
Los fascistas no son como los hongos, que nacen así en una noche, no. Han sido los patronos los que han plantado los fascistas, los han querido, les han pagado. Y con los fascistas, los patronos han ganado cada vez más, hasta no saber dónde meter el dinero. Y así inventaron la guerra, y nos mandaron a África, a Rusia, a Grecia, a Albania, a España,… Pero siempre pagamos nosotros. ¿Quién paga? El proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres, es una de las frases más lúcidas de Olmo Dalcó, de rabiosa actualidad.
Larga vida, maestro.
José Luis Muñoz, 21/08/2013
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La ricca casata Berlinghieri festeggia la nascita di Alfredo, stesso nome del nonno ancora saldamente a capo della famiglia, nel segno quindi della continuità. Nel medesimo giorno nasce anche Olmo, a sua volta ultimo rappresentante dei Dalcò, una collettività di braccianti che lavorano la terra e governano le stalle dei Berlinghieri. Leo è il riferimento carismatico di questa povera ma solidale comunità, unico in grado di tenere testa alla forte personalità del vecchio Alfredo. Non si muove foglia nei suoi possedimenti che Alfredo non voglia ed il figlio Giovanni, nonostante sia già avanti nell’età, gli è ancora sottomesso. Ci sono abissali differenze fra Alfredo e Leo ma nonostante tutto si sono sempre intesi in qualche modo e si conoscono e stimano ben oltre i rispettivi ruoli. Gli eventi che incombono però testimoniano che la loro stagione, al di là dell’età, volge al termine. Le classi più povere, pur ancora disorganizzate, stanno alzando la testa, ma allo stesso tempo l’ascesa al potere del fascismo rappresenta l’ombrello sotto il quale i grandi latifondisti vanno a ripararsi per conservare e semmai accrescere i loro averi e privilegi.
I due bambini, Alfredo ed Olmo, pur comprendendo le rispettive differenze di classe, crescono assieme coltivando un’amicizia che continua da adulti quando Olmo, tornato dal fronte della prima guerra mondiale, diventa uno dei promotori della rivolta proletaria al seguito della maestrina Anita della quale s’innamora; Alfredo, pur mantenendo il suo status sociale, non risparmia critiche al padre, dissociandosi apertamente dalle sue scelte politiche. Le squadracce fasciste, al comando di mercenari senza scrupoli come Attila, il nuovo capo fattore di casa Berlinghieri, iniziano intanto la loro opera di repressione e le spedizioni punitive contro i rivoltosi, nel frattempo uniti sotto le bandiere rosse di un movimento politico-sindacale che curiosamente (con le dovute differenze guardando all’oggi) si chiama Lega.

Novecento – Atto I è sicuramente un film di parte. Sgomberata immediatamente questa doverosa precisazione, a scanso di equivoci e comunque la si pensi, è un’opera nel suo complesso di capitale importanza per la cinematografia nostrana.
Pur narrando vicende che riguardano la storia d’Italia dall’inizio del secolo scorso fino alla Liberazione, viste attraverso il microcosmo di una comunità emiliana che costituisce comunque un significativo campione della più ampia visione nazionale, può contare su un ‘parterre de roi’ di interpreti internazionali che in quel momento stavano giusto per conquistare la piena notorietà. Qualche anno dopo, non fosse altro per ragioni di budget, sarebbe stato impossibile mettere assieme tante star, a maggior ragione per le limitate possibilità economiche di un film italiano. Mi riferisco a nomi del calibro di Robert De Niro, Gérard Depardieu, Donald Sutherland e Dominique Sanda, per tacere di Burt Lancaster e Sterling Hayden.
Anche da questo particolare, se così vogliamo definirlo, includendo poi alcuni attori italiani di primissimo livello come Laura Betti, Romolo Valli, Stefania Sandrelli, Alida Valli (anche se quest’ultima non appare in Atto I), Stefania Casini e via dicendo, si può comprendere quanto quest’opera abbia segnato la sua epoca e si possa considerare un punto di riferimento per il genere che rappresenta. Forse alcuni di questi interpreti di grande fama avevano acutamente compreso già allora come l’epopea di Bertolucci uscisse dall’ordinario e fosse un’occasione da non lasciarsi sfuggire, intuendone la rilevanza pure in prospettiva.
Sin dalle prime immagini si capisce da che parte stia l’autore. Novecento e’ un film che vuole esaltare il ruolo, l’importanza storica ed il riscatto del proletariato contadino dallo sfruttamento secolare del padronato, in questo caso i grandi proprietari terrieri, in un contesto storico denso di avvenimenti drammatici e mentre stanno maturando, sia a livello locale che globale, decisivi sconvolgimenti politici e sociali, che porteranno alle due guerre mondiali con in mezzo il ventennio dell’era fascista. Un tema, quello dello scontro fra le classi sociali, che secondo Bertolucci è centrale nel periodo storico della prima metà del secolo scorso.
Mentre La Meglio Gioventù di Marco Tullio Giordana può considerarsi una sorta di sequel di Novecento (sommati fra di loro questi due film finiscono per coprire quasi per intero quel secolo di storia italiana), nel quale il regista riesce però miracolosamente a mantenersi al di sopra delle parti, lucidamente equidistante, pur raccontando eventi scottanti che hanno diviso l’opinione pubblica nel corso degli anni (in particolare quelli definiti “di piombo”), Bernardo Bertolucci invece in questo suo film non ci pensa nemmeno a mantenersi neutrale, anzi. Il risultato quindi è uno spaccato di natura sociale e politica, prima ancora che storica, che può apparire retorico solo se lo si considera, fermandosi allo strato più superficiale dell’opera, come una rappresentazione ideologica volutamente ed inevitabilmente di parte.
Novecento – Atto I non è però solo questo, ma anche un affresco poetico, seppure crudo e doloroso, del nostro primo quarto del secolo scorso, un’indagine sociologica capace di grandi squarci lirici ed allo stesso tempo di sintetizzare un’epoca. Una solida disamina dei rapporti fra padronato e contadini che vivevano ai limiti della schiavitù e dell’asservimento, a chiudere un contesto storico nel quale benessere, arroganza, potere e cultura stavano tutte da una parte, mentre miseria, orgoglio impotente, ignoranza e rassegnazione stavano specularmente dall’altra. Da questo punto di vista l’opera di Bertolucci può essere considerata certamente dogmatica ed intransigente, come certi film sovietici di propaganda destinati ad un pubblico già convinto e pertanto allineato, evocativo e celebrativo. Un quadro, quello messo in scena dal regista emiliano, che raffigura una condizione sociale di stampo medioevale, nella quale prevalgono ancora e sempre prepotenza, intolleranza ed arroganza contro persone indifese perché divise, prive di cultura, mezzi propri di aggregazione e quindi ancora incapaci di una qualsiasi reazione.
Ma Novecento – Atto I è anche un poema che racchiude sequenze di grande poesia raffigurativa ed impatto emotivo, esaltate da Bertolucci in alcuni spettacolari inquadrature e dettagli, nella riproposizione di tradizioni, canzoni e filastrocche popolari anche solo accennate a chiudere una scena, che descrivono il quotidiano di questa povera gente in stridente contrasto con l’opulenza dei loro padroni.
Pur essendo, come si diceva, un’opera chiaramente sbilanciata, nel senso che i cattivi sono tutti da una parte ed i buoni tutti dall’altra, tuttavia, sgrossata la più facile ed immediata lettura, sono visibili anche alcuni piani narrativi più complessi. La nascita praticamente contemporanea del nipote Alfredo e di Olmo Dalcò (peraltro quest’ultimo di sola madre certa) ed il contradditorio, grottesco brindisi a base di champagne nel quale in pratica Alfredo Berlinghieri (Burt Lancaster) coinvolge Leo Dalcò (Sterling Hayden) è l’evidente testimonianza del sottile legame ed equilibrio fra due giganti, ma anche una sorta di testamento fra due dinosauri destinati a breve all’estinzione, che comunque parlano ancora la stessa lingua. Una metafora che supera il rapporto personale per stabilire una possibile continuità per le loro stesse nuove generazioni.
Alfredo e Leo, così come in seguito i loro nipoti Alfredo e Olmo, sia da adolescenti che poi nell’età matura (interpretati in questa fase da Robert De Niro e da Gérard Depardieu), sono infatti più vicini di quello che le apparenti inconciliabili distinzioni di carattere, cultura e stato sociale farebbero ritenere. Sono nati nello stesso posto e cresciuti inevitabilmente a stretto contatto, ma è evidente che ad un certo punto subentra fra di loro pure una grossolana intima complicità ed un reciproco rispetto, nonostante, perlomeno nel caso dei due anziani uomini, ci siano di mezzo anche caratteri forti e carismatici, di solito difficilmente conciliabili. Una vicinanza e solidarietà che diverrà ancora più evidente in seguito fra De Niro e Depardieu, anche se è chiaro che gli eventi, drammaticamente evolventi al peggio, finiranno per innalzare nuove barricate anche fra di loro.
Alla morte di Alfredo, Leo perde infatti il suo principale punto di riferimento e la successiva totale incomprensione, non solamente di tipo generazionale, con il successore di Alfredo, il figlio Giovanni (Romolo Valli) è il preludio ad un conseguente peggioramento delle già miserevoli condizioni dei braccianti. La particolare cura che Bertolucci riserva nel descrivere le figure della famiglia Berlinghieri sembra indicare un desiderio volto ad inquadrare al meglio il suo ‘nemico’ ideologico, che difatti è tratteggiato con una più attenta, sottile e profonda analisi, piuttosto che le figure dei braccianti che lavorano nelle loro terre e curano le loro bestie, che sono raffigurate invece in maniera più estemporanea (anche perché interpretate in buona parte da attori non professionisti), se escludiamo il personaggio carismatico e statuario rappresentato da Sterling Hayden.
Novecento – Atto I è infine l’espressione del sogno romantico di una società nella quale le ingiustizie sociali trovano il loro riscatto ideale ed il popolo oppresso recupera la forza di unirsi ed alzare la voce sino alla proclamazione del primo sciopero generale. La risposta dei latifondisti, preoccupati di perdere il loro potere e privilegi, è quella di compattarsi a loro volta, con la compiacenza e la sudditanza della Chiesa che fornisce addirittura le sue strutture religiose per effettuare riunioni nelle quali si gettano le basi per strategie di stampo reazionario-conservatore. Allo stesso tempo personaggi come Attila mettono in mostra i muscoli per proporsi e quindi assumere il ruolo di braccio armato della repressione.
In un tale avvelenato contesto appare irrimediabilmente ingenua e superata, pur nella sua poesia, la sequenza nella quale Leo impartisce una lezione di comunismo teorico al giovane Olmo quando, davanti a tutta la comunità riunita a cena nella lunga tavolata, gli chiede di consegnare le monete che aveva appena guadagnato spiegandogli che se esse sono sue, significa che appartengono anche a tutti gli altri componenti della loro collettività. Un’allegoria insomma della sottile differenza fra poesia e prosa o quella, più cruda, fra utopia e realtà.
Poiché è noto che la storia può essere interpretata in maniera diametralmente opposta a seconda di chi la legge e l’analizza, per cultura, interesse o semplicemente per convinzione, anche l’attendibilità storica degli avvenimenti raccontati nel film può essere discutibile e dare adito a lunghe e probabilmente inconciliabili querelle. La prima sequenza del film anticipa addirittura la conclusione dell’Atto II. Attila (Donald Sutherland) e Regina (Laura Betti) che fuggono disperatamente nelle strade che costeggiano i campi di mais, incalzati dai braccianti, uomini ma soprattutto donne, armati di forconi. I due fuggitivi sono in questo caso il prototipo della perfidia e della crudeltà delle squadracce fasciste che hanno imperversato in lungo e in largo per tanti lunghi anni al servizio dei loro mandanti. Come altri personaggi analoghi, essi sono oramai allo sbando dopo la proclamazione della fine della guerra e sono sottoposti pertanto alla vendetta delle vittime che in precedenza ne hanno subito la prepotenza e le angherie.
Attila è diventato nel tempo il malvagio e feroce servo di Giovanni, uno dei più determinati, nonostante il dissenso aperto sui metodi da parte del figlio Alfredo, a difendere gli interessi suoi e degli altri latifondisti dalla crescente protesta dei braccianti, stanchi di essere sfruttati e trattati non molto diversamente dagli animali che accudiscono nelle stalle. La celebre scena del gatto che diventa per Attila una parabola esemplare del trattamento da riservare ai comunisti, è un’angosciante sintesi esemplare di come si dovranno comportare lui ed i suoi seguaci nei confronti dei loro nemici. Impressionante da questo punto di vista l’interpretazione di Donald Sutherland, una maschera ideale, anche somaticamente, per quel personaggio. La sua fine straziante, trafitto come in un’oscena rappresentazione di San Sebastiano, in una vera e propria esecuzione mentre cerca disperatamente di soccorrere Regina, a sua volta circondata ed oramai sopraffatta dall’ira vendicativa delle braccianti, è il pretesto iniziale del film per tornare, con un rapidissimo rewind, all’inizio del secolo e quindi ripercorrere gli eventi sino all’avvento del fascismo ed alla sua rovinosa caduta.
Nonostante la crudeltà e la natura degli eventi narrati Novecento – Atto I è un film pervaso anche da un evidente erotismo, molto esplicito e che al tempo della sua uscita aveva suscitato enorme scandalo. La scena del rapporto sessuale fra Robert De Niro e Dominique Sanda nel fienile è mostrata senza alcuna allusione, con i corpi nudi ripresi in primo piano come raramente si ricorda nel cinema tradizionale di quel periodo. Anche la sequenza che vede protagonisti De Niro e Depardieu in città, nella casa della lavandaia Neve (Stefania Casini), pagata per una prestazione sessuale che in pratica poi non viene consumata, mostra i due attori nudi assieme sul letto mentre si fanno masturbare dalla donna. La stessa fine di Burt Lancaster dentro la stalla nasce dalla consapevolezza della perdita della potenza sessuale che un uomo orgoglioso e tutto d’un pezzo come lui non può più sopportare al confronto della esuberante manifestazione di allegra ed esplosiva gioventù di alcuni suoi servi, come lui stesso li definisce. Il ricorso all’acerba ma spigliata ragazzina per un estremo tentativo di lenire questa umiliazione non appare per nulla, come sarebbe facile pensare, un atto di pedofilia, quanto piuttosto la resa di un uomo il quale, pur avendo pieno potere sui suoi braccianti, non può comunque esimersi dal rispettare l’ineluttabile ciclo della vita, indifferente anche ad ogni differenza di classe.
Non è un film obiettivo Novecento – Atto I (in fondo chi può dire di esserlo veramente?), ma è una grande opera: corale, densa di episodi che sono rimasti indelebili nella memoria, mai banale, con un linguaggio cinematografico aspro ed immediato, ma allo stesso tempo elegante, raffinato ed a suo modo romanticamente poetico. Quello insomma che si è soliti definire un filmone.
In questo primo Atto del film la guerra mondiale del 1915-18 è raffigurata sostanzialmente da Olmo che torna a casa con la sua divisa. Sua madre e gli altri braccianti lo accolgono con sollievo ed orgoglio, mentre il suo padrone Giovanni lo denigra accusandolo di aver perso soltanto tempo inutilmente. Anche Alfredo, che è stato costretto dal padre ad imboscarsi per salvare la pelle, lo accoglie scherzosamente ma anche con rispetto, indossando una immacolata divisa militare come fosse una festa in costume, mentre Attila nel frattempo ha preso le misure per il prossimo ruolo di caporione con la camicia nera. Nella seconda parte di Novecento il ruolo del fascismo e degli eventi che ne conseguirono, culminati nella seconda guerra mondiale, finiranno però per prevalere sul particolare delle famiglie Berlinghieri, Dalcò e tutti i personaggi che abbiamo conosciuto sin qui.
Una curiosità infine: nella scena che vede i ragazzi trasportati in treno alla manifestazione in seguito alla proclamazione dello sciopero generale dei braccianti (girata alle Cinque Terre nelle gallerie che hanno la particolarità di presentare in veloce alternanza squarci improvvisi di mare e luce, come fossero generati da un flash), si può forse cogliere il simbolismo del buio ossessionante di quel periodo del novecento rispetto ai pochi, intensi attimi di luce che precedono l’uscita dal tunnel.
Maurizio Pessione

Se Novecento – Atto I è sicuramente un film di parte, Novecento – Atto II per tre quarti almeno lo è ancor di più.

Dopo l’avvento al potere da parte dei fascisti spalleggiati dai grandi proprietari terrieri la comunità dei braccianti Dalcò al servizio di Giovanni Berlinghieri è sottoposta alle angherie ed ai soprusi di Attila, il capo fattore e Regina, la sua bieca compagna. Olmo sembra destinato a percorrere le orme del nonno carismatico Leo, ma non tutti fra i suoi sono disposti a seguirlo nell’incitamento alla rivolta. Alla morte di Giovanni, suo figlio Alfredo che non ne condivideva le idee e perciò si era allontanato, conoscendo nel frattempo Ada che sposerà poi di lì a breve, torna a casa per curare gli interessi della famiglia, incluse le terre e le stalle dove lavorano i braccianti. Il suo atteggiamento nei confronti di Olmo e Attila è ambiguo e nonostante Ada gli chieda insistentemente di prendere le distanze dal suo cinico e malvagio fattore, lui lo mantiene per paura della sua reazione e perché gli è utile per mantenere l’ordine.
Non si decide neppure quando Attila e Regina si rendono colpevoli, anche se nessuno è in grado di dimostrarlo, della morte violenta di un bambino che aveva ascoltato di nascosto alcune loro compromettenti  rivelazioni e dell’uccisione poi anche della vedova di un signorotto finito in rovina, al fine di appropriarsi della sua villa. Quando Ada, oramai segnata dalla violenza e prepotenza che le gravita attorno decide di fuggire ed Olmo è costretto ad allontanarsi dopo aver ridicolizzato Attila che voleva venderlo con alcuni cavalli ad un altro fattore, Alfredo trova la forza per cacciare il capo fattore, ma è ormai troppo tardi. Quest’ultimo allora di scatena in una serie di sevizie nei confronti dei braccianti, culminate in alcune sommarie esecuzioni. Il fascismo infine crolla ed arriva il giorno della Liberazione. L’entusiasmo dei braccianti è tale che organizzano feste popolari spontanee, braccando e quindi giustiziando sommariamente gli aguzzini come Attila e Regina che a loro volta cercano  disperatamente di scappare. Anche Alfredo viene sottoposto ad un improvvisato processo popolare, presieduto da Olmo che è riuscito a tornare nel frattempo dall’esilio, sinchè arrivano i rappresentanti del Comitato di Liberazione a disarmare i contadini ed a salvare anche i latifondisti, consapevoli che sono necessari per far ripartire l’economia dello stato dopo i guasti della seconda guerra mondiale. Alfredo e Olmo possono ricominciare il loro rapporto contradditorio di amicizia e lontananza che ha simbolicamente caratterizzato tutta la loro vita di ricco padrone contrapposto al povero paesano, in un ciclo perverso che sembra inesauribile ed inevitabile.

Gli eventi narrati in questa seconda parte iniziano dall’avvento del fascismo al potere, con il sostegno anche dei latifondisti. Bertolucci pone l’accento su questa decisiva ed equivoca alleanza. Il solco fra i grandi proprietari terrieri ed i braccianti è divenuto ancora più profondo dopo la fine della prima guerra mondiale. Le squadracce fasciste hanno preso a scorrazzare in lungo e in largo, seminando il terrore, al comando di Attila (Donald Sutherland). Quest’ultimo è anche il capo fattore ed allo stesso tempo il ‘cane da guardia’ di casa Berlinghieri, con Regina (Laura Betti), la sua depravata e maligna compagna, che non esita a provocarlo affinchè reclami un ruolo meno servile.
Fra i braccianti di questa piccola comunità, la cui evoluzione sociale in questi anni consiste nel fatto che non vengono più chiusi a chiave dentro la corte la sera, alla stregua di animali dentro una stalla, sono evidenti tutte le contraddizioni che nascono da una condizione di paura e di oggettiva inferiorità. C’è chi incita alla rivolta, come Olmo (Gerard Dépardieu) e chi invece ha il timore di perdere anche quel poco o niente che ha e rimane perciò passivo e succube. I volantini della Lega (l’associazione politico-sindacale che cerca di difendere gli interessi, in questo caso, dei braccianti) arrivano sin nelle campagne, in spregio ai rischi che si assumono coloro che li distribuiscono o li conservano in casa, ma sembrano raccontare eventi tutto sommato lontani dalla realtà spicciola, seppure drammatica ed immutabile di quei luoghi. Nelle canzoni e filastrocche ironiche riguardo Mussolini ed il fascismo, che i braccianti cantano di nascosto, c’è tutto l’orgoglio ma anche l’impotenza, mista a rabbia inesprimibile, di una situazione avvilente ed apparentemente immutabile.
Olmo ha assunto fra la sua gente il ruolo carismatico che un tempo fu del nonno Leo (Sterling Hayden), ma è ancora troppo giovane ed avventato,  forse anche condizionato dal dolore per la perdita dell’amata Anita (Stefania Sandrelli), la quale non è sopravvissuta al parto della figlia, che ha poi avuto lo stesso nome. Non tutti la pensano allo stesso modo insomma, anzi qualcuno biasima Olmo temendo che con i suoi atteggiamenti possa mettere tutti nei guai.
La morte di Giovanni (Romolo Valli), padre di Alfredo (Robert De Niro) che a sua volta aveva assunto il ruolo dell’autorevole predecessore Alfredo (Burt Lancaster) pur senza averne la capacità e la personalità, avviene dentro la stalla, come fosse diventata nel tempo una macabra abitudine. Pure suo padre infatti aveva scelto quel luogo poco consono per togliersi la vita, in un atto estremo di rifiuto ad accettare l’impotenza come conseguenza imbarazzante della sopraggiunta vecchiaia (che per sua natura oltretutto rende tutti uguali), ma anche in questo Giovanni non gli è stato alla pari, ‘morendo senza soffrire’, come dice Olmo per consolare Alfredo, a causa di un semplice e normale infarto.
Questa fine banale ed inaspettata di Giovanni costringe Alfredo a tornare precipitosamente a casa per prenderne il posto. Con Ada (Dominique Sanda) e lo zio Ottavio (Werner Bruhns), così ‘diverso’ in tutti i sensi da suo padre, Alfredo ha vissuto momenti di spensieratezza, complicità e dissolutezza in città ed in altri posti d’Italia. Il richiamo alle responsabilità e ad assumere il ruolo di prosecutore della dinastia di famiglia lo portano ad un frettoloso matrimonio che annuncia addirittura alla madre ed ai parenti appena tornato a casa, nonostante l’evidente inopportunità del momento. Sorprendentemente la madre reagisce invece con gioia alla notizia, dismettendo velocemente i panni della vedova addolorata, quasi non aspettasse altra novità, al contrario di Regina, cugina di Alfredo, delusa e gelosa, volgare ed iraconda, che aveva puntato a lungo a diventare essa stessa la signora Berlinghieri.
Attila e Regina si sono intanto alleati e di nascosto consumano anomali rapporti sessuali, molto più simili a quelli delle bestie che non a quelli degli umani. Non c’è affetto fra di loro e sono considerati da tutti dei concubini (a quel tempo in particolare non giovava di certo all’immagine pubblica dei protagonisti). Essi in realtà sono due mostri che hanno trovato nella loro complicità il terreno ideale per coltivare la loro perfidia, ambizione, invidia e perversione. Sono in pratica una sintesi e l’espressione concreta del degrado della natura umana.
Il giorno del matrimonio di Alfredo e Ada, nel corso della festa, Attila e Regina si appartano dentro un cascinale per sfogarsi in uno dei loro frettolosi rapporti sessuali (curioso ma significativo il fatto che assumano posizioni nelle quali non si guardano in volto, durante il rapporto, ma si prendono l’un l’altra al puro scopo di godere come bestie che seguono un istinto primordiale). Subito dopo i due complici si lasciano andare ad alcune conclusioni e considerazioni riguardo il ruolo delle camice nere nei confronti dei padroni, con le rimostranze di Regina che vorrebbe in Attila un maggior orgoglio ed indipendenza dai Berlinghieri. Quest’ultimo risponde con un’affermazione sorprendente per un personaggio apparentemente incapace di esprimere acume tattico ma solo forza fisica ed una pedissequa dedizione alla causa fascista: ‘…non si può mordere la mano che ti nutre..’. Concludendo poi che questo servilismo nei confronti dei padroni è destinato presto a finire. Il figlio adolescente dei coniugi Pioppi (Alida Valli e Pietro Longari Ponzoni) ha però seguito Attila e Regina, li ha osservati ed uditi dentro il cascinale, ma quando viene scoperto per loro non è sufficiente intimargli di non rivelare a nessuno quello che ha sentito e visto. Presi da una insano impulso, Attila e Regina coinvolgono il bimbo in un gioco brutale che si conclude con la sua morte atroce in una sequenza di straziante crudeltà.
Ada non mai sopportato la sensazione di violenza, volgarità ed arroganza che a suo dire proviene da coloro che indossano le camice nere. Ha chiesto più volte ad Alfredo di allontanare Attila, ma egli, pur disprezzandolo e non perdendo occasione per umiliarlo, come se volesse stabilire allo stesso tempo la sua distanza e la capacità di assoggettarlo, in realtà lo teme e soprattutto lo considera indispensabile per mantenere l’ordine nelle sue proprietà. I latifondisti infatti, dopo aver agevolato la presa del potere da parte dei fascisti, sperando di controllarli ed usarli per meglio conservare i loro privilegi e possedimenti, si sono ritrovati in seguito a temere di essere essi stessi stritolati dalla loro violenza, esaltazione e fame di potere.
Il bimbo viene lungamente cercato ed infine ritrovato. Attila, dopo aver inscenato una farsesca battuta di caccia con i camerati, incolpa dell’omicidio Olmo, capitato lì per caso, non avendo partecipato alla festa di matrimonio. Nel bosco Olmo aveva incontrato Ada durante una sua galoppata solitaria nella tenuta con il bellissimo cavallo bianco che le aveva appena regalato Ottavio, intervenuto a sorpresa durante la festa di matrimonio; l’aveva quindi accompagnata per un tratto di strada, mentre a poca distanza da loro stava per essere ucciso il ragazzino. Olmo non può fornire un alibi perché non vuole rivelare dove e con chi si trovava nel mentre l’orribile delitto veniva consumato e così viene assalito e pestato brutalmente dalle camice nere. Alfredo interviene solo all’ultimo momento a salvare l’amico, in un atteggiamento ambiguo che è colto e sottolineato dalla moglie Ada.
Passano alcuni anni ed i rapporti fra Ada e Alfredo diventano sempre più tesi anche perché non riescono a generare un erede che potrebbe riempire le giornate della donna, che quindi lenisce la sua noia facendo da insegnante alla figlia di Olmo, anche se quest’ultimo è contrario perché teme che per Anita possa diventare nel tempo una dannosa illusione frequentare ambienti e persone che non fanno parte del suo status sociale. Olmo sarebbe già in galera, essendo stato da tempo individuato come un plateale sovversivo, se Alfredo non l’avesse protetto di nascosto. Il loro rapporto è sempre stato contradditorio, sin da ragazzi, con grandi slanci di affetto, amicizia e solidarietà, intervallati da momenti di ostilità e contrapposizione, consapevoli delle grandissime differenze fra di loro sotto tutti i punti di vista.
Attila e Regina nel frattempo sono diventati sempre più ambiziosi e volendo dare una svolta positiva agli occhi degli altri rispetto alla loro imbarazzante e malcelata convivenza, hanno messo gli occhi sulla villa dei Pioppi. Dopo che il marito è morto di crepacuore a causa della morte del figlioletto e per i debiti contratti a seguito di alcuni investimenti sbagliati, la vedova Ida (Alida Valli) non è più in grado di mantenere la costosa proprietà. Avendo intuito le intenzioni dei due, Ida in un momento di disperazione invita dentro casa Attila e Regina, dopo averli scorti a sbirciare dalla cancellata e poi li sbarra in salotto con il folle obiettivo di segregarli. Nel mentre Alfredo rintraccia Ada dentro una locanda in città nella quale s’è rifugiata per annegare nell’alcool la sua insostenibile frustrazione, non potendo più farlo liberamente a casa. Nello  stesso locale ad un certo punto è entrata anche Neve (Stefania Casini), la lavandaia con la quale Alfredo ed Olmo avevano avuto una fugace avventura anni prima e dopo uno scambio di saluti imbarazzati con Alfredo, la donna confida a lui ed alla moglie una sintesi sofferta ma tutto sommato serena della sua vita, spingendo involontariamente Ada ed Alfredo a riavvicinarsi e riappacificarsi.Mentre tornano a casa in auto sotto una fitta nevicata, si trovano davanti ad un assembramento la cui ragione dipende dalla morte violenta della vedova Pioppi, infilzata nella cancellata della sua villa, fra l’orrore dei convenuti e di Ada in particolare che fugge con l'auto lasciando sul posto Alfredo. Anche in questa occasione Attila e Regina fomentano i presenti dando la colpa dell’omicidio a qualche comunista sovversivo da identificare. Convinto che sia andata da Olmo, per il quale Alfredo sospetta da tempo che Ada abbia un debole, irrompe a casa sua in piena notte ma non trovandola, imbarazzatissimo si scusa con l’amico di un tempo ed in un franco colloquio gli confida la sua confusione ed il fallimento del suo matrimonio. Tornato a casa Alfredo trova Ada sbarrata in camera e sempre più in preda all’angoscia.
Attila e Regina si sono infine appropriati della villa Pioppi, hanno messo su famiglia e nel corso degli anni, seppure oramai stempiato e canuto, Attila è diventato sempre più temuto e pericoloso. Un giorno decide di vendere alcuni cavalli dei Berlinghieri, incluso provocatoriamente il cavallaro, cioè Olmo e sua figlia, ad un altro fattore, ma lui si ribella ed aiutato dagli altri paesani bersaglia di letame sia Attila che l’altro fattore. L’offesa è così pesante che Olmo è costretto subito dopo a fuggire, prima che torni Attila con le sue squadracce a vendicarsi ed a mettere sottosopra la sua casa nella quale trovano comunque parecchio materiale sovversivo: bandiere rosse, volantini ed altri documenti compromettenti.
Alfredo da questo episodio trova infine il coraggio di licenziare Attila, ma è troppo tardi: Ada nel frattempo è partita per non tornare più, avendo oramai deciso di abbandonare quel luogo di violenza brutale. Attila ed i suoi allora, senza più freni e cercando di costringere gli altri braccianti a confessare dove si trova Olmo ed a fornire le prove della loro appartenenza alla Lega dei cosiddetti comunisti sovversivi, ne torturano un paio dentro un apposito recinto innalzato all’interno della corte ed infine ne uccidono brutalmente alcuni fra quelli che, non resistendo oltre ai maltrattamenti, hanno trovato il coraggio di ribellarsi apertamente. È l’ultimo atto della barbarie prima che il film salti direttamente al 25 aprile 1945, giorno della Liberazione, che però porta con sé anche inevitabili atti di vendetta altrettanto crudeli, soprattutto nelle campagne dove il controllo dei partigiani e del comitato di Liberazione non sono ancora giunti a disarmare la popolazione che non riesce più a controllare l’odio represso da troppo tempo ed è esaltata per la ritrovata libertà dai nazisti ed i fascisti.
A chiudere il cerchio torniamo così all’inizio del primo Atto, quando Attila e Regina sono incalzati dai braccianti che vogliono fare giustizia delle loro precedenti prepotenze e delitti. La loro cattura ed il trattamento che gli riservano in seguito è spietato. Feriti ed umiliati i due maggiori simboli ai loro occhi del lungo periodo oscuro e violento che hanno vissuto, vengono trascinati come bestie, rinchiusi nella porcilaia e quindi portati al cimitero, di fronte alle tombe di alcune delle loro vittime e dopo averli sommariamente processati vengono entrambi giustiziati.
Se fino a questo punto Bertolucci, pur raccontando la storia dal suo punto di vista è stato pragmatico e realista, nell’esaltazione di quegli irripetibili momenti di rinascita e di libertà ritrovata si lascia andare ad una lunga fase allegorica, sottolineata anche da alcune musiche e canti, che simboleggiano le speranze di cambiamento della società verso un ipotetico ideale comunista. L’enfasi trova innanzitutto la sua espressione metaforica nello sfoggio di tante bandiere rosse, significativamente cucite fra loro in un grandissimo drappo, nascosto sino a quel momento; inoltre nei primi piani di alcuni personaggi, volutamente e chiaramente non professionisti, che sembrano in realtà raccontare le loro autentiche esperienze personali legate a quel periodo storico; ed infine in un monologo accorato di Olmo, tornato nel frattempo a casa dal forzato esilio, che si rivolge direttamente alla cinepresa. Una lunga sequenza di stampo didascalico e celebrativo che culmina nel processo popolare al padrone Alfredo, colpevole in quanto tale, a detta dello stesso Olmo e reo di aver collaborato con i fascisti, anche se lui si difende dicendo che nel corso di quegli anni non ha mai fatto del male a nessuno.
Questo momento agiografico termina con l’arrivo dei partigiani e degli incaricati a riportare l’ordine, ad iniziare dalla riconsegna delle armi. È proprio Olmo che dà l’esempio ai suoi paesani, soprattutto quelli più scettici, in una sequenza nella quale dimostra di aver imparato nel tempo l’arte della moderazione, seppure nello specifico potrebbe essere interpretata anche come un semplice atto di accettazione. Tutto insomma sembra tornare sotto il controllo della politica, dei suoi compromessi e dell’esigenza di ricreare un equilibrio sociale che consenta la rinascita dello stato, nel quale il ruolo dei grandi potentati economici, inclusi i latifondisti, è indispensabile. Lo dice chiaramente Alfredo quando, rinfrancato dallo scampato pericolo, sussurra un significativo e sarcastico:  ‘I padroni sono tornati…’.
Tutta l’illusione che Bertolucci aveva coltivato ed espresso poco prima con grande retorica viene trasformata in una parabola sul contrasto fra utopia e realtà e che vede Alfredo ed Olmo, come  in una sorta di regressione allo stato infantile, spintonarsi e bisticciare fra di loro, in una sintesi della lotta perpetua fra padroni e proletari. Subito dopo, con un salto narrativo di alcuni anni più avanti, Alfredo ed Olmo appaiono vecchi, come calati nei ruoli che furono di Burt Lancaster e Sterling Hayden, che si provocano ed accapigliano allo stesso modo. Ed ancora una volta è curioso che sia Alfredo, il padrone, pur essendo uscito indenne da eventi che hanno segnato a lungo la storia del Novecento italiano, a prendere la decisione di suicidarsi sdraiandosi sulle traversine del binario in attesa che passi il treno. Questo gesto, quando lui ed Olmo erano bambini, rappresentava il culmine della sfida per dimostrare chi era più coraggioso; ma stavolta la testa e le gambe di Alfredo anziché essere verticali rispetto al senso di marcia sono orizzontali ai binari, in attesa che passi un convoglio, ancora carico di bandiere rosse, che già appare sullo sfondo. Come se Bernardo Bertolucci, nonostante tutto, volesse lasciare una speranza alla sua visione ideologica perchè un giorno possa affermarsi.
Messi assieme i due Atti, Novecento è un film che dura in totale quasi quattro ore. Si possono condividere o meno le opinioni politiche di Bernardo Bertolucci e la sua rilettura della storia di gran parte del secolo scorso, ma è innegabile la potenza espressiva di quest’opera che ancor oggi colpisce profondamente per alcune sequenze indimenticabili ed una trama trascinante che tocca molte corde sensibili della storia italiana recente ed alcuni conflitti che globalmente affliggono uomini di diversa cultura, origine e potere. Dal punto di vista narrativo, se si esclude la fase poetica-ideologica allo scoccare della Liberazione, è un film che nell’esprimere la logica degli eventi è inappuntabile e puntuale, nonostante la vastità della trama.
La presenza di alcuni grandi nomi fra gli interpreti rende quest’opera anche una sorta di omaggio che il cinema internazionale, consapevolmente o no, rende a quello italiano. I personaggi rappresentati da Donald Sutherland, Robert De Niro, Gérard Depardieu, Laura Betti, Alida Valli e nel primo atto da Burt Lancaster, Sterling Hayden, Romolo Valli, Stefania Sandrelli e Stefania Casini, senza trascurare la fotografia di Vittorio Storaro, le musiche di Ennio Morricone ed altri prestigiosi coautori,  che si possono definire, nelle rispettive sfere di competenza, fra i migliori possibili, costituiscono una squadra di grandissima classe ed autorevolezza che nobilita quest’opera anche al di là dei temi che tratta, pur profondi e controversi.
Se una simbolica palma si può assegnare a due coppie di interpreti, ebbene possiamo dire che Burt Lancaster e Sterling Hayden nel primo Atto si stagliano nelle loro figure carismatiche, mentre Donald Sutherland e Laura Betti rappresentano coloro che per differenti motivi restano maggiormente in memoria nell’Atto II. Quest’ultima coppia in particolare è sconvolgente nel divenire nel corso degli eventi narrati campionessa di bassezza e malvagità.
Per qualcuno Novecento sarà come rivivere momenti e testimonianze che hanno sentito raccontare dai loro padri e nonni a proposito di quei tempi. Per altri, al contrario, sarà evidente la lettura decisamente di parte di quegli stessi avvenimenti, volta a glissare a piè pari le storture che hanno caratterizzato anche l’altra parte, per spirito di vendetta o semplicemente per contrasto ideologico. Da qualsiasi lato la si possa guardare però questa è un’opera della quale è comunque impossibile non riconoscere la statura, al di là delle idee politiche dello spettatore più esigente ed imparziale che sia, o che semplicemente voglia provare ad essere.
Maurizio Pessione


Literalmente, monumental película, una obra inconmensurable, gigante cinta de más de 300 minutos de duración, más de cinco horas para presenciar los primeros años del nuevo siglo, los primeros años del siglo XX en tierras italianas, los páramos italianos donde veremos la evolución de su pensamiento político, representado en la historia de dos niños que crecen juntos, y que al ser ya hombres, verán cómo su relación amical se ve afectada por sus divergentes estilos de vida respecto al fascismo. Cumbre, con distancia, de las películas hechas por el buen realizador italiano, obra maestra completa, magna por donde se le mire. Una película con las características de ésta, sobre todo en su duración, encontró dificultades para ser apreciada, mayormente por que el público a quien se le proyectaba, por lo general no representaba un paladar apto para deglutir las más de cinco horas de maravilloso despliegue estético por momentos, de actuaciones titánicas por otros, pues su prolongada duración hizo que su proyección inicialmente se viera limitada a festivales cinematográficos, en busca de un público más apto para su visionado. Estaba la película, pues, condenada por su grandiosidad a batallar con esa dificultad, hueso duro de roer durante los primeros años que vio la luz, pero que finalmente el tiempo se envergaría de colocar en el sitio que le corresponde, obra maestra y película de culto. La hermosa música es obra y gracia de uno de los maestros de la materia, el inmortal, Ennio Morricone, y la bella fotografía corre a cargo de Vittorio Storaro, responsable de mucha de la belleza visual apreciada. La historia es puesta en escena con increíble maestría por Bertolucci, un lenguaje estético único, derroche de recursos narrativos, tanto con la cámara, como con sus imágenes, y todo reforzado por ese elemento que ayuda a elevar a una película buena, hasta el nivel de obra inmortal: un excelente reparto, en el que veremos a dos jovencísimos Robert De Niro y Gérard Depardieu, en descollantes papeles estelares, secundados por otros gigantes de la talla de un por entonces joven también Donald Sutherland, los consagrados Sterling Hayden, Burt Lancaster, además de Dominique Sanda, Laura Betti, entre otros, que interpretan diferentes personajes en distintos puntos de la larga historia, y que sin duda refuerzan con su sola presencia a la película, la consolidan y la redimensionan para volverla mítica.
Inicia la historia, Abril de 1945, día de libertad, en una finca italiana, los camisas negras se mueven por el territorio liberado, mientras un hombre mayor (Sutherland), que está con una mujer, es violentamente atacado por las mujeres lugareñas. En otro lugar de la finca, otro hombre mayor (De Niro), es apuntado con una escopeta por un niño, que le increpa “Viva Lenin”, y dispara. Muchos años antes, en 1901, en otra finca, el hijo de un acomodado terrateniente ha nacido, lo que crea un enorme regocijo en el abuelo del infante, Alfredo Berlinghieri (Burt Lancaster), que festeja complacido el arribo de un nuevo varón a la familia, que será su homónimo, llamado también Alfredo. Paralelamente, ese mismo día ha nacido otro niño, este ha nacido en un ambiente mucho más austero, es hijo de un obrero, un bracero de las propiedades de Berlinghieri, y que es recibido por su abuelo, Leo Dalcó (Sterling Hayden), con opuesta reacción al entusiasmo del primero, pues es visto como una  boca más que alimentar, un trasero más que limpiar. Pasan los años, y los niños se conocen, el pudiente Alfredo se conoce con el hijo del bracero, que se llama Olmo, a quien los otros niños fastidian de bastardo, y tras superar iniciales diferencias por sus orígenes, ambos niños congenian y juegan juntos, inmersos en su infantil mundo. 
Olmo, desde el inicio de su uso de razón, sabe el mundo en el que nació, su origen, a dónde pertenece, sabe que es un campesino y que la vida de un campesino es la vida de austeridad, mientras, en el lado opuesto de la historia, Alfredo es consentido y mimado por su abuelo, propietario de grandes tierras, amo y señor de ese acomodado mundo, y orgulloso de su nieto. Sin embargo, atormentado por los años y la impotencia sexual, el abuelo Alfredo decide terminar con su existencia colgándose, sin dejar un testamento heredando sus vastas propiedades. Ante tal situación, el padre del joven Alfredo, Giovanni (Romolo Valli), elabora él mismo un falso testamento repartiendo las numerosas tierras y propiedades del abuelo. Mientras tanto, los niños, ajenos a las dificultades de los adultos, siguen creciendo juntos, compartiendo la inocencia de la infancia, pero siempre cada uno desde sus opuestas perspectivas. Luego, el mal tiempo y el clima juegan mala pasada a los sembríos, generando grandes pérdidas para el propietario, que se ve obligado a recortar los pagos de sus braceros, que no están dispuestos a tolerar la injusticia, y llaman a la huelga. En su organización se comienzan a cimentar ya las semillas del socialismo, obligados por la necesidad, su pensamiento comienza a tomar forma. Tiempo después, el abuelo de Olmo muere, estalla la Primera Guerra Mundial, y él debe partir para enrolarse al ejército.
Pasan los años, la guerra ha terminado, y Olmo regresa a casa, siendo ya un joven adulto, y se reencuentra con su entrañable amigo de sus días de niñez, un emotivo reencuentro con Alfredo. Pero también encontrará otra cosa, las tierras donde creció, administradas por reglas que han cambiado mucho más que los rostros de las personas que alguna vez conoció, ahora las maquinarias han reemplazado en buena parte a los esfuerzos de los braceros, teniendo esto como resultado la disminución de la remuneración del proletariado bracero, hay injusticia, la desigualdad de clases se ha incrementado, y conoce al principal encargado de mantener esa estructura intacta, el capataz del patrón Giovanni: Attila Mellanchini (Sutherland). La necesidad de cambio para los campesinos es grande, y las reformas de su naciente socialismo los hace enfrentarse a la milicia y a las autoridades, mientras la clase acomodada siente que es necesario doblegar esa peligrosa resistencia. Alfredo y Olmo, jóvenes ya formados, pese a sus opuestos orígenes, mantienen la amistad, se van a la casa del tío de Alfredo, Ottavio (Werner Bruhns), y es que a pesar de sus diferencias, la confianza de los años pasados sigue ahí, permanecen juntos, van a fiestas, bailan, siguen las costumbres. En la casa del tío, mientras Alfredo desvirga a una jovencita, un incendio se desata en un establo, muchos jornaleros mueren, se desata la ira. Olmo, enamorado de Anita (Stefania Sandrelli), una joven que comparte su pensamiento socialista, está a punto de tener un hijo con ella. Mientras, aumenta la intolerancia contra rebeldes comunistas, y Attila, representante de clase, arenga un colectivo para contrarrestar ese movimiento.
Por su parte, Alfredo fortalece sus relaciones con Ada Fiastri Paulhan (Dominique Sanda), en pomposas fiestas, o reuniones íntimas donde inhalan cocaína, mientras recibe la noticia de que su padre ha caído muy enfermo. Lo inevitable sucede, y el padre de Alfredo fenece, quedando ahora él al mando de toda la propiedad, mientras el infortunado Olmo, tuvo a su querida hija, pero Anita murió al dar a luz. Olmo le pide a Alfredo que despida de inmediato a Attila, que es un asesino y un fascista, pero Alfredo le responde que sería algo muy difícil de hacer, con el ascendiente Mussolini en el poder, y el fascismo expandiéndose a pasos agigantados. Investido como el nuevo patrón, Alfredo se casa con Ada, mantiene a Attila en el poder, que se acerca a Regina (Laura Betti), prima y antigua amante de Alfredo, una rechazada con la que ve su conveniencia al acercarse. Después, el demente Attila sigue con su desviada conducta, y asesina a un niño que lo había visto en su aventura con Regina, el crimen indigna a toda la finca, que cree culpable a Olmo, lo agravian, y es defendido, aunque tardíamente, por Alfredo, que, ahora ya como el indiscutible nuevo jefe de todo, se va pareciendo más y más a los conocidos explotadores. Mientras tanto, el fascismo va creciendo, para temor y recelo de los campesinos socialistas, que se sienten parte del grupo comunista a quienes atacan los fascistas.
Por otro lado, Anita (Anna Henkel), la hija de Olmo, se encariña con Ada, y la mujer del patrón le corresponde el afecto, pero Olmo no le permite a su hija ir a las propiedades del patrón, por lo que es Ada la que después los visita, naciendo ahí un idilio. Attila va convenciendo a Regina para que actúe contra los patrones, mientras algunos camaradas socialistas son capturados, y Ada, completamente ajena y renegada del mundo terrateniente, se vuelve alcohólica. El desalmado Attila continúa sus retorcidas acciones, eliminando ahora a una vieja viuda para quedarse con su propiedad, y Ada intenta abandonar a Alfredo, sabedor de su aventura con Olmo. Pasan los años, y Attila conserva su posición, consolida su poder, pero la gente comienza a repudiarlo, más cuando vende a Olmo en su facultad de capataz, y enfurecido por una humillación que el campesino le propina, arremete contra su hogar, siendo despedido por Alfredo. Pero Attila ocupa su tiempo ahora en fusilamientos públicos de opositores a un fascismo cada vez más fortalecido, reinando un caos total. El tiempo pasa rápidamente, y se vuelve al punto de conexión del inicio del filme, es 1945, el fascismo ha caído, Attila es ajusticiado, confiesa sus crímenes, hay una rebelión de los campesinos, Alfredo también es capturado y amenazado. Realizan un festivo juicio para decidir su suerte, y Olmo pronuncia un discurso en el que le habla a toda la gente, y nos habla a nosotros también. Alfredo es encontrado culpable, pero no es asesinado, mientras llega un grupo de partisanos que hace entregar las armas, y el patrón se salva. Muchos años después, en la secuencia final, unos ancianos Alfredo y Olmo caminan juntos, casi jugando por los mismos rieles de tren donde jugaban cuando niños, y Alfredo se acuesta en las vías, mientras el tren pasa.
Después de terminar las más de cinco horas de duración de esta impresionante película, podemos abordar ordenadamente su muy abundante contenido. En la parte inicial, me refiero a toda la primera parte, cuando los niños van creciendo, somos bombardeados con toda la maestría de la presentación preciosista de Bertolucci, hermosas imágenes bucólicas de la finca italiana, la naturaleza en su máxima expresión, esto ayudado por una hermosa fotografía, una presentación estética descomunal del italiano, que nos plasma con gran belleza el paisaje natural de esas tierras, a través de únicos encuadres de la flora, del cielo azul, de las pacíficas aguas, que por momentos parecen las mejores pinturas impresionistas. A esto se suma una narración visual de la cámara que alcanza momentos soberbios, encuadres dinámicos, precisos y excelentes re-encuadres, encuadres dentro de encuadres, así como uso del zoom, inteligentes acercamientos, y también alejamientos, excelso manejo y dominio que centra nuestra atención en detalles específicos. Es la precisión máxima del director, que sigue el movimiento, hace seguimiento de esa naturaleza, y este trabajo de cámara, sumado a la estupenda fotografía, conforma una presentación visual impresionante e impactante, y logran momentos como el que, al observar la realidad reflejada en el límpido espejo de las tranquilas aguas de una laguna, la naturaleza nos hable, sea un personaje más en el relato, y sea el más expresivo y poético de todos, el elemento bucólico de Bertolucci, excelente.
Asimismo, otros de los temas que hacen tan atractiva esta película es la forma en que contrapone dos mundos completamente opuestos, en todos los sentidos, ya sea social, económico, y hasta político, captado esto de una forma que más precisa no pudo ser: una, la clase campesina, clase trabajadora, de jornaleros explotados, y la otra, la clase terrateniente, clase acomodada, de burgueses explotadores, y el espacio seleccionado para esto es la Italia de los primeros años del siglo XX, en donde la fuerte ideología del socialismo está cimentándose, a la par que, con el correr de los años, el fascismo también se vislumbra. En ese sentido, es también una película que documenta esa desigualdad, y la forma cómo se busca un nuevo orden socioeconómico, que reivindique su situación y pare las injusticias que se cometen contra la clase trabajadora, subordinada a la clase empleadora: existe la necesidad de formación de sindicatos. Todos estos elementos conforman el escenario donde germina el por entonces embrionario socialismo italiano. Es el retrato directo de esos años vitales, de formación, en los páramos italianos, de los ideales revolucionarios de su socialismo, mientras se escuchan los ecos de las acciones bolcheviques, y Bertolucci referencia constantemente a Karl Marx, y sobre todo a Lenin, desde el comienzo del filme y durante todo el mismo, textual y visualmente. Una secuencia notablemente memorable a este respecto, es la representación del juicio público, los campesinos socialistas brincando y danzando con sus armas, bajo un inconmensurable cielo rojo, el cielo teñido carmesí, teñido color rojo comunista, el más intenso de los rojos, es una hermosa y simbólica secuencia, casi surrealista, digo casi, pues es en el fondo muy realista, el despertar de una fuerza.
La historia que nos sirve de trasfondo para analizar el proceso evolutivo de pensamiento socio-económico es la relación amical de los dos personajes centrales, criados desde su infancia juntos, amigos de toda la vida, esa fuerte amistad se va viendo afectada conforma avanzan los años, conforme se fortalece el fascismo, y conforme cada uno se va haciendo más consciente de la posición en la que nacieron. Y así, Alfredo y Olmo van perteneciendo cada vez más a su respectiva clase, el primero patrón, empleador y explotador, el segundo un campesino, asalariado y explotado. Ambos verán cómo, la confianza y cariño que se tenían desde la infancia, se va desvaneciendo cuando se van identificando cada uno con su estrato social, y con las actividades de su papel económico, pues Alfredo tiene que hacerse cargo de su negocio como patrón, y Olmo se identifica desde niño como jornalero, son dos fuerzas antagonistas. En la segunda parte, que narra ya los roces y las luchas entre clases, se deja un poco de lado la preciosista presentación del inicial momento, más tierno e inocente, con los niños creciendo, pero cuando en la parte final, se vuelve al presente, a 1945, se regresa a la magnanimidad y precioso lenguaje bucólico inicial, la hermosa naturaleza, paisajes, cielo, y nuevamente esa cámara que tiene excelsos movimientos para capturar la acción, potenciados en la soberbia secuencia de Anita Jr. hablándole a los demás desde lo alto de unos bloques de paja, excelentes contrapicados, remarcable secuencia, poéticas escenas. Es, indudablemente, una película de culto, la cumbre de Bertolucci, una joya inmortal del arte cinematográfico, obra mayúscula e imperdible. Estupenda cinta.
Edgar Javier Mauricio Cerdán
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Lo stesso giorno in cui muore Giuseppe Verdi nascono gli eredi di due famiglie: una contadina, i Dalcò, e una di “padroni”, i Berlinghieri. I due ragazzi diventano amici, e attraversano il Novecento vivendo sulla loro pelle le lotte di classe, le guerre e il fascismo…

Il Novecento di Bertolucci finisce nel ’45, con la Liberazione. Quello che è venuto dopo non viene nemmeno preso in considerazione (e dalla Liberazione al 1976 qualcosa era successo…). Bertolucci, reduce dal successo di Ultimo tango a Parigi, mette insieme un cast tecnico (Storaro alla fotografia, Morricone alla musica) e artistico di primissimo piano e si getta nella Storia quasi senza rete. Non è un film perfetto, ma è un film schietto, diretto e appassionato come i contadini di cui racconta la storia. L’epopea di gente povera, comune (pur essendo ricchi, i Berlinghieri non sono certo una famiglia potente in ambito nazionale), che riesce a liberarsi dei padroni è narrata con potenza e partecipazione e, come spesso avviene in questi casi, il film si lascia trascinare dalla retorica, idealizza i personaggi appiattendo i caratteri dei “buoni” e dei “cattivi” senza sfumature.
Le carenze di sceneggiatura e regia sono però ampiamente compensate dagli attori, che offrono prove straordinarie. Se De Niro e Depardieu sono perfetti, Sutherland è superlativo come rappresentante del fascismo: cattivo, violento, arrivista, potente e odioso. La Storia della nazione si sposa con la storia dei possedimenti Berlinghieri; la Nazione si riflette nel villaggio e nei campi della Bassa.
L’eccessiva lunghezza (5 ore), soprattutto nella prima parte quando la vicenda si concentra sulle vicende dei bambini o sulle vicissitudini amorose dei protagonisti, è un difetto compensato dalla cura nella caratterizzazione dei personaggi (il rapporto tra il vecchio Dalcò e il vecchio Berlinghieri è girato in modo eccellente) e da alcune scene di un lirismo straordinario (meravigliosa la scena del suicidio di Lancaster); mentre nella seconda parte – più prettamente politica – il film accelera e risulta di più facile approccio, soprattutto perchè ci si allontana dalla “terra”.
Ed è proprio nella seconda parte, quando la Storia entra prepotentemente nella vicenda particolare, che il film spicca il volo. Il discorso politico di Bertolucci non è lucido (perché di parte) ma è vigoroso: tolti di mezzo i personaggi “secondari” dei contadini, la vicenda si asciuga concentrandosi su pochi personaggi che non hanno più bisogno di presentazioni (Olmo e Alfredo li abbiamo conosciuti bene nella prima parte) e seguiamo così le loro vicende durante gli anni del fascismo e della liberazione.
Nel liberatorio finale torna con prepotenza il tema della terra, tornano i contadini che festeggiano sotto una enorme bandiera rossa, torna il sole e torna anche Olmo che processa (e salva dal linciaggio) sommariamente il suo amico/nemico con il quale invecchierà riprendendo i litigi di quando erano bambini.
Di scarso successo negli Stati Uniti, soprattutto per la lunghezza (e per il numero di bandiere rosse presenti, che in piena Guerra Fredda probabilmente non piacquero molto ai cittadini statunitensi), ebbe un riscontro positivo in Italia e lanciò definitivamente Bertolucci (che meno di dieci anni dopo andò a prendersi nove Oscar). Oggi Novecento è un film di altissimo interesse storico, una testimonianza (parziale e di parte, certo, ma non fantasiosa) di come cambiò l’Italia tra l’inizio del secolo e la fine della Seconda Guerra Mondiale.
Le lotte di classe, la fine dei padroni, la nascita dei movimenti sindacali, la consapevolezza politica dei ceti più bassi, l’avvento e la fine del fascismo, sono avvenimenti che oggi siamo abituati a leggere sui libri di Storia, mentre Bertolucci riesce a fonderli in un racconto epico e organico e a consegnarceli vivi e pulsanti (anche dopo quasi quarant’anni).
Da un punto di vista tecnico e artistico restano le grandi performance di professionisti destinati a luminosissime carriere oltre ad un film nel suo insieme che raramente, negli anni successivi del cinema italiano, è stato così “grande”, potente e importante.
Francesco Binini

2 comentarios:

  1. JOYA de Bertolucci,de indispensable visión para cualquiera que ame el cine.
    GRAZIE TANTE!!! Amarcord.

    Un cordial saludo.

    Eddelon.

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  2. Gracias Eddelon por tu presencia en los comentarios.
    Un abrazo.

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